Archivos en la categoria: 'Mil Películas de Hostias'

Monday, October 22nd, 2007

MIL PELICULAS DE HOSTIAS (2/1000): Mirageman

Cuando Nacho Vigalondo volvió de su triunfal paseo por Austin, no solo se trajo un premiazo para Los Cronocrímenes bajo el brazo. Bajo el otro portaba un DVD que, aseguraba, tenía que ver lo antes posible. En una situación que supongo cercana al tráfico de snuff movies que imagina Charlie Sheen o que ficciona Joel Schumacher, Nacho me pasó por lo bajini en un restaurante chino (verídico) un DVD con la versión screener de Mirageman, un largometraje chileno de superhéeroes y artes marciales que, como ven, he tardado semanas en asimilar.

Aún no tengo muy claro cómo hacer justicia a las virtudes de Mirageman.

El protagonista de esta película de Ernesto Díaz (responsable también de Kiltro, que pudo verse en el último Festival de Sitges aunque yo no tuve ocasión) es Marko Zaror, un especialista chileno en patadas sequísimas que prácticamente no articula palabra. Encabeza la historia de un atleta con exceso de nobleza que se convierte, a pesar de las burlas de sus compatriotas, en un enmascarado que ayuda a los débiles. Sí, amigos, Mirageman es una película de superhéroes.



Mirageman adopta, fiel a la gramática hiperrealista de sus secuencias de lucha, la forma de relato iniciático superheroico narrado con total credibilidad: desde el descubrimiento fortuito del protagonista de que con sus extraordinarias capacidades atléticas puede ayudar a quienes le rodean, a la aparición de un posible sidekick, pasando por las diversas misiones que Mirageman va llevando a cabo. Un ejemplo: uno de los grandes tópicos del canon superheroico, el disfraz, uno también que siempre obliga a una fuerte suspensión de la credulidad del espectador, se cuenta aquí con sencillez, con honestidad, sin subterfugios ni poesía charcutera. Haciendo footing, nuestro héroe se topa con unos atracadores que están desvalijando una casa: tras derribar al primero de ellos en la calle le quita la capucha tras la que el bellaco esconde su rostro y se la pone. Entra en la casa, salva a la damisela en apuros y se va por donde ha llegado, dejando un rastro de malhechores inconscientes. La cuestión del encapuchamiento no viene ni por un código genérico heredado de forma ciega (aunque es obvio que los personajes de Mirageman conocen no sólo la mitología del superhéroe, sino la de unos superhéroes muy concretos) ni por una necesidad de crear un conflicto dramático. Es un simple resorte argumental momentáneo que se asimila con naturalidad para respaldar, más adelante, la codificación de la película. Es decir, usa el naturalismo como un refuerzo para el tópico de los comics. Como se pueden imaginar, sus resortes narrativos están muy lejos de las superproducciones que llevamos padeciendo unos cuantos años.

Mirageman adopta una honestidad desarmante en su descripción fidedigna de la crónica de la gestación de un hombre enmascarado que lucha contra el mal. La única manera de justificar sus decisiones, su honradez, su pureza e inocencia, está en convertirle en un hombre taciturno, casi un tarado. La pochez más genuína impregna cada instante, desde la composición de los planos, poco expresivos a menudo, a la banda sonora, pasando por cada uno de los detalles que conforman el héroe. Una secuencia que en cualquier otra película se liquidaría con un montaje festivo y semihumorístico acompañado de un standard de la música disco, la del necesario diseño del traje, aquí se resuelve de forma melancólica y lenta, desbordando una ironía perversa y una naturalidad contraproducente: ver a Marko abocetar uno tras otro los distintos trajes de Mirageman, probarse más tarde todos los adminículos (¡mariconera! ¡riñonera! ¡camiseta de camuflaje! ¡sombrero!) que ha comprado para complementar su disfraz es una experiencia que abofeteará a cualquier espectador que no tenga un sentido de la maravilla a prueba de bombas o una edad mental de siete años.

Mirageman puede despistar al espectador con un sentido del humor poco afilado, que puede pensar que está ante un reflejo latino de una de esas producciones turcas que en Oink, Yonkis o cualquier Blog De Cinefagia Friki Y Cachondeo Sano calificarían de “tan mala que es buena”. En Mirageman descansa una idolatría hacia el género superheroico que se distancia de la mera adoración ciega: el mejor plano de la película es aquel en el que Mirageman tarda tres o cuatro minutos en ponerse el disfraz mientras la cámara, desafiando todas las leyes de la agilidad fílmica, aguanta el plano, y lo aguanta, y lo aguanta mientras que el héroe saca su máscara, se la pone, se enfunda la camiseta, y esconde su ropa (que habrá desaparecido cuando intente retomar su identidad secreta). Queda claro que no hay nada al azar, ninguna torpeza fortuita o logro casual en Mirageman.

Y las secuencias de acción redundan en esta mezcla de sobriedad moral y contundencia de concepto con peleas impecables, furiosas, filmadas a ras de suelo y extraordinariamente montadas. Markos es una bestia, y confío en él como un futuro héroe de acción a quien tener en cuenta, uno completamente ajeno a subtramas orientalizadas y a banalidades herederas del peor cine de acción de gran presupuesto. Mirageman es, en realidad, sólo una película de superhéroes modesta y enjundiosa, admirable en su honestidad y en su concisión. Mirageman es, y soy el primer sorprendido, la mejor película de superhéroes canónica que recuerdo. Y estoy dispuesto a darme de hostias con cualquiera para defender semejante postura.

Tuesday, November 8th, 2005

MIL PELÍCULAS DE HOSTIAS (1/1000): Screaming Tiger

Dicen que circula por ahí una copia íntegra de Screaming Tiger. Pero no me interesa localizarla: seguro que carece de la radicalidad conceptual e intensidad narrativa de mi escueto montaje de 75 minutos, que en tan breve margen de tiempo acumula unos cuantos elementos del mejor cine de kung fu de los setenta (a saber: Wang Yu, chinos contra japoneses, robo indiscriminado de bandas sonoras de películas occidentales �aquí, un par de temas de La Muerte Tenía un Precio-, machismo brutal, sombreros tremendos y malvado que masacra aldea y familia del héroe �con la consiguiente venganza-). Y, de paso, también exhibe una concisión narrativa fruto de la encontrada brevedad: la primera pelea tiene lugar antes de que se pronuncie la primera línea de diálogo; en los créditos iniciales, ya vemos a Jimmy Wang Yu huir de un tipo con un cesto en la cabeza; y antes de que pasen diez minutos ya hemos sido testigos del obligado flash-back que ilustra la masacre que dispara el argumento, la declaración de intenciones del protagonista y la primera frase inolvidable: “I’ll kill every japanese in the world”). Los paradigmas de la serie B (menos es más) quedan perfectamente ilustrados en este recorte de metraje que, lejos de castrar las virtudes de la película, las disparata.

La frase que recogía más arriba resume en un puñado de palabras pletóricas de no-significado las delirantes maravillas que ofrece Screaming Tiger (también conocida como Screaming Ninja �me encanta-, Ten Fingers of Death, King of Boxers, o Ten Fingers of Steel): maniqueísmo extremo y sencillez a la hora de presentarlo. Otro ejemplo: lo mejor de la película es, sin duda, una descomunal pelea final entre Wang Yu y el villano en entornos muy diferentes (un tren en marcha, una catarata, un paraje montañoso) a lo largo de diez agónicos miutos de hostias como membrillos, veloz y marrullera, con los luchadores agarrando enormes pedruscos y estampándoselos a la némesis en el cogote. Desde hace un buen rato de metraje, había llegado un momento en el que el batiburrillo conceptual e involuntario de Screaming Tiger hacía del todo ininteligible la línea argumental de la película, y Jimmy Wang Yu, simplemente, se ha visto atrapado en una muy sindiosista sucesión de combates entre jefes de escuelas, maestros de estilos zoológicos y últimos defensores de placajes moribundos.

Hay algo fascinante en Jimmy Wang Yu, supongo que todos sus fans coincidiremos, y es el devastador odio que experimenta hacia el género humano en sus películas. Por eso, cuando lo vemos en una escena galante o cómica o reposada, simplemente, no cuela. Ese “bastards” que susurra al acabar dos de cada tres frases, ese gesto cerril, diríamos que reflejo de un profundo mundo interior (sino fuera porque vemos a sus personajes más cerca de vivir en un continuo “Gñé!” mental, à la Seagal, que de estar tramando sofisticados planes de venganza)… Jimmy Wang Yu es, quizás más que cualquier otro actor oriental o occidental de la historia del cine (chúpense esa hipérbole), la perfecta personificación del odio vengativo y rastrero, del “ya verás, ya” guardado durante años, produciendo bilis y espumarajos en el alma… Y por supuesto, la personificación perfecta del odio racial, un odio que ha dado pie a piezas de kung fu míticas (Furia Oriental de Bruce Lee en cabeza) y a alguna película menos conocida, pero muy superior a los aspavientos de Bruce Lee (Shaolin contra Ninja, bellísima orfebrería de guantazos interraciales). En este caso, aparte de la estupenda frase que destacábamos antes, y que ha pasado a figurar, de súbito, entre las piezas más destacadas de mi libretita de citas fílmicas inolvidables, está un retrato más o menos fidedigno de las diferencias entre los estilos de lucha chino y japonés (este mucho menos cinematográfico). Y siempre barriendo para casa. O la apocalíptica pelea del héroe contra un grupo de luchadores de sumo. La mayoría no muy fornidos. Uno de ellos con barba.

Me gustaría que retuvieran este concepto en sus cabecitas: luchador de sumo con barba. Si eso no hace que se abalancen sobre su proveedor de deuvedés orientales más amanoso agitando un código operativo de Paypal sobre sus cabezas, nada lo hará. Supongo que, como tantas otras películas de género, Screaming Tiger es inolvidable por las razones incorrectas, pero qué demonios. La furia, el odio, el refunfuñe oriental siguen ahí. Lo básico. Sigue siendo Jimmy Wang Yu. Y nos encanta que nos odie.

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