Entrada publicada el 10 de Mayo de 2006 por John Tones
Las películas de la Full Moon y yo tenemos un pacto no escrito que, desde hace unos quince años, ninguno de los dos se ha atrevido a romper: yo veo todas las que puedo y, en la medida de mis posibilidades, me compro la mayor cantidad posible de copias originales para que Charles Band pueda poner un plato de lentejas caliente cada día a su familia. Ellas, a cambio, no me vienen con monsergas. Me prometen muñecos asesinos, castillos rumanos e interpretaciones dislocadas, y me proporcionan exactamente eso. En estos tiempos en los que el cine de bajo presupuesto supone una corriente cultural aún más incomprendida que hace diez años (y no, la proliferación de blogs hablando de películas “tan malas que son buenas” no ayuda, más bien al contrario, gracias), cuando me zampaba una película de la Full Moon cada dos semanas, considero esa actitud y ese respeto por nuestro pacto todo un must. Y atiendan, un must inusualmente valioso, por su honestidad y por su efectividad.
Veamos, por ejemplo, en Criaturas (mucho mejor el título original, ese sensacionalista, casi de cartel de feria de monstruos Hideous!), una de las múltiples pseudoexplotaciones del éxito de las películas de muñecos asesinos de Band, pero en con un rizo del rizo de lo imposible en una maniobra metagenérica tan insensata como valiente: los muñecos de látex de articulaciones limitadísimas marca de la casa, que en las entregas de Puppetmaster o Demonic Toys eran juguetes, con lo que se entendía la rigidez de sus movimientos e inexpresividad de sus gestos, vuelven a ser, como en la fundacional Ghoulies, monstruos diminutos. Seres vivos. ¿Se acuerdan de la citada Ghoulies, en los que nunca veíamos a los monstruos de cuerpo entero para que el truco (el flagrante truco: eran rudimentarias marionetas) no se notara demasiado? Pues volvemos a esos tiempos, a esos monstruos, y ahora que cualquier sinsal se hace para su cortito de ultragore una catarata de sangre virtual en casita con el Mac (cuánto bien hizo Blade, y cuánto mal hizo también -y no estoy pensando en su tercera parte, precisamente-), la presencia de monstruos tangibles, retacos mutantes bañados en gelatina, de ojos inexpresivos y brillantes como canicas, coronados por ridícula pelusilla viscosa, vale doble puntuación.
Criaturas arranca como un disparate fulllmonista en toda regla, y no voy a desgranarles a traición sus sorpresas, pero cuenten con coleccionistas de monstruosidades de apariencia fetal y origen desconocido, con una conversación introductoria que no desentonaría en un resumen de tres páginas de Apocalipse Culture para el Reader’s Digest, con un castillo en Centroeuropa, y sí, los rumores son ciertos, con un atraco a mano armada en un descampado lleno de nieve, a cargo de una mujer altísima y en tetas enfundada en una máscara de gorila. Yo no sé si todo esto les suena bien a ustedes, a mí me parece música celestial, pero no pierdan el norte: la pequeña grandeza de Criaturas no viene de lo continuamente excéntrico de su argumento, sino de lo conscientísimo de su sentido del humor, impropio de una serie sub-B directa al vídeo. Criaturas, miren, sabe que es divertida. Raro, ¿eh? No intenta convencer a gritos de que es rara, ni juega a ir de superbizarra, sino que tiene la extraña -insólita en el cine de bajo presupuesto- confianza en que sus propias, modestas y rotundas virtudes son reales, y no es imprescindible confiar en la complicidad del espectador �por no hablar de la condescendencia, como sucede en el noventa y siete por ciento de los productos Troma-, para que el chiste funcione, el argumento progrese y los personajes nos importen un mínimo. Damas y caballeros, una película de terror de tercera categoría que cree en sí misma.
Posiblemente, esta fe proceda del estupendo reparto, algunos más curtidos que otros en estas lides (uno de los coleccionistas de monstruosidades, Napoleon Lazar, está interpretado por Mel Johnson Jr., a quien quizás recuerden como el mutante traidor de Desafío Total que tenía una familia que alimentar), pero todos ciertamente centrados en mostrar un extraño equilibrio entre el disparate y la absoluta impasividad (por postura vital, no por incapacidad interpretativa) ante los extraordinarios fenómenos que desfilan ante sus ojos. La típica secuencia en la que un monstruo de goma se frota lúbricamente contra las redondeces de una actriz de reparto que se hace la dormida y que gime cálidamente (en este caso, la escena rebosa un extraño erotismo, ya que la criatura parece un preservativo relleno de morcilla de Burgos) está filmada e interpretada con una entrega y una despreocupación como no veía en mi televisión desde hace lustros. Me funcionó. Y eso fue lo que me dejó completamente fuera de juego. El mejor ejemplo de que en Hideous!, por una vez, los actores no son escoria que estorba, está en una de las mejores líneas de diálogo de la película: en la mentada secuencia del atraco a mano armada en porretas, Napoleon le dice a la bella Sheila “¿qué hace andando de esa manera, sin nada en la parte de arriba?”, a lo que ella responde, convencida y sexymente, “¡¡¡soy libre, soy orgullosa, soy mujer!!!”. Recitado implecablemente.
Las criaturas nominales son Full Moon al ciento por ciento, y eso implica un estilo visual rudimentario, ridículo e inexpresivo que me vuelve loco. Los planos impúdicos y sostenidos en los que se adivina todo el endeble andamiaje técnico que sustenta los movimientos de los seres deformes son agresivamente despreocupados, y la decisión de dotar de cierta ambigua personalidad a los monstruos es muy acertada. Alejándolos del rol de psicópatas de látex de las otras películas de monstruos minúsculos de Band, el director nos regala secuencias como la resurrección de los hideous, tan sólo tras veinte precipitados minutos de metraje a sus espaldas, en la que salen boqueando, legañosos y quejumbrosos, de unos botes de formol. La portentosa inexpresividad de los muñecos quintuplica la asfixiante atmósfera de la secuencia. O cuando las criaturas leen libros antiguos a la luz de las velas, aprendiendo y comentando la sabiduría ancestral que ahí reposa. O las interacciones con los humanos, que incluye un duelo a punta de pistola (¡monstruos pistoleros!) y conversaciones en las que uno de los coleccionistas brama “¡Te respeto!” al más cerebral de los chiquimonstruos. Como si Charles Band, que llevaba cuatro años sin dirigir (¡autor, autor!), hubiera decidido que el papel con el que más se identifica no es con el de horrorizados testigos ni el de imprevistas víctimas, sino con el de los coleccionistas de rarezas. Los que sueñan con mundos en los que fetos de mentira conquistarán el universo después de ser revividos en castillos llenos de trampas, trampillas, sótanos húmedos y cero secretos por descubrir.
MIL PELICULAS DE TERROR (1/1000): Carnival of Souls
MIL PELICULAS DE TERROR (1/1000): Nueva York bajo el terror de los zombies
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Entrada publicada el 13 de Marzo de 2006 por John Tones
1.- En el segundo número de su etapa como guionista de la colección regular de Lobezno, Mark Millar se volvía a ganar a pulso su fama como generador sin igual de instantes de impacto. Aunque más de uno tiene grabada a fuego aquella frase del Capitán América en Ultimates que bramaba “¿Acaso crees que esta “A” quiere decir Francia?” que tanta polémica levantó entre ese sector de la crítica que confunde tan fácilmente continente y contenido, yo quedé completamente obnubilado (literalmente: no podía pasar de página) por la imagen de Lobezno liquidando a zarpazos a un feroz tiburón. Millar no es tonto, y sabe que enfrentar al héroe más feroz del Universo Marvel con el animal más salvaje del reino animal proporciona no solo una imagen icónica y una permanente trempera entre fanboys, sino un billete garantizado al subconsciente del lector, donde la imagen encuentra acomodo por los siglos de los siglos. Millar sabe dónde inspirarse, y que el camino más corto hacia la inmortalidad es el de la abstracción: en esta página, y con la colaboración imprescindible de John Romita Jr., transforma un encuentro casi casual de su protagonista con un obstáculo propio del medio submarino en el que se mueve en un canto de amor al poder del arquetipo que ya querrían para sí otras vertientes más serias y europeas del medio.

2.- La imagen de Lobezno batiéndose cuerpazo a cuerpazo con un escualo remite, sin duda, a la disparatada secuencia de combate submarino entre un zombi y un tiburón en las supuestas inmediaciones de una isla caribeña que Lucio Fulci rodó para Nueva York Bajo el Terror de los Zombies. El referente no es gratuíto: si Millar a menudo usa iconos completamente consagrados para llevar a cabo una delicada destrucción de sus características más reconocibles (en ese sentido, la demoledora labor que está llevando a cabo en Marvel Knights: Spiderman es impresionante), Fulci escogió un monstruo muy de moda a los setenta para poner en práctica una búsqueda sistemática del terror puro. El zombi, en efecto, es el monstruo fulciano por excelencia: sin meta, sin objetivo, con el alma vacía y cero propósitos más allá de la prolongación indefinida de su no-existencia a través del consumo destructivo de quienes no son como él, y de la multiplicación de sí mismo económicamente óptima (-1 vivo = +1 muerto sin necesidad de invertir en nuevos cuerpos). El zombi no tiene planes ni futuro: la supervivencia es una cuestión meramente accidental, porque no está vivo. Por eso es horror puro, y por eso le gusta tanto a Fulci.
Ese mismo Lucio Fulci que poseía uno de los estilos fílmicos más transgresores de la historia del cine, basado en la negación a través del subrayado. Cada secuencia de gore extremo de sus películas se reafirma, y a la vez se anula, con un un zoom que conduce a un primerísimo primer plano de cuerpos maltrechos, grotescas mutilaciones, violaciones de la carne o actos contranatura. Estos zooms, típicos del cine de terror europeo de la época, pero nunca empleados de forma tan visualmente dañina como lo hizo Fulci, en su intención de impactar son tan agresivos que a veces conducen a la pérdida de foco y nitidez de la imagen, lo que refuerza la peculiar condición de delirio ensoñado que tienen algunas de estas imágenes. Un muñón supurante mostrado con detalle endoscópico deja de ser un muñón supurante para convertirse, gracias al correspondiente contraplano de un testigo asqueado, en horror puro, desprovisto de todo tipo de naturalismo. En realidad, y a pesar de sus ambiciones claramente comericiales, Fulci hace una apuesta mucho más arriesgada que la de figuras del splatter posmoderno como, por ejemplo, Peter Jackson en Braindead. Mientras Jackson muestra que un género (el gore) en realidad esconde las bases de otro (la comedia visual), Fulci nos enseña que tras el género que lo enseña todo no hay nada. Nada absoluta. Que ya es algo.

3.- Creo que Fulci, como Millar en nuestros días, sabía muy bien lo que estaba haciendo. Los espectadores del cine de Fulci aún no dejamos de darle vueltas al controvertido tema de la inconsciencia de su cine, la tan discutida cuestión de si los extravagantes resultados de sus películas son resultado de una afortunada ineptitud o de un profundo análisis de los resortes narrativos del género. Yo no soy muy amigo de las casualidades, y si bien las inconsistencias formales del cine de Fulci son mucho más pronunciadas en esa obra maestra de la insensatez que es El Más Allá, Fulci se permite, en tres ocasiones a lo largo del metraje de Nueva York Bajo el Terror de los Zombies, dejarnos bien claro que ortodoxo, bueno. Pase. Pero de tonto, ni un pelo.
Primero, abriendo la película con el primer plano del cañón de una pistola que apunta ominosamente al espectador. Mantiene el plano lo justo para que nos de tiempo de revolvernos un par de veces en el asiento, y nos atiza un contraplano de un cuerpo enmortajado, al que no llegaremos a ver la cara, incorporándose en una cama. La pistola dispara su proyectil, y agujerea la mortaja, que escupe, como única respuesta, fragmentos de craneo, cabello y masa encefálica. Confíen en las casualidades si eso les hace sentirse más tranquilos acerca de la Justicia Infinita y el Orden del Universo, pero comenzar una película volándole la tapa de los sesos al espectador no es lo que se dice ir sobre seguro. Ni por casualidad.
Segundo, ofreciendo el plano de violación ocular más ostentoso y desagradable de la historia del cine, glorioso heredero de la imagen más icónica de Un Perro Andaluz, y sirviendo de bello preámbulo inmediato de las abundantes reflexiones que el cine de terror de los ochenta, con Dario Argento y Brian De Palma a la cabeza, nos ofrecerían sobre los peligros de la mirada (el propio Fulci lo haría por partida triple en El Más Allá,, lo cuenta Absence). Buen heredero, pues, de la imagen sin sentido pero llena de significado parida por Buñuel y protagonizada por una pupila, una navaja y un satélite, y perfecto anticipador de ese Argento que colocó agujas puntiagudas frente a los ojos de Cristina Marsillach para que, como el propio espectador, no tuviera más remedio que asistir a los cruentos asesinatos de Terror en la Ópera, Fulci convierte el ojo de Mrs. Menard, masacrado por una astilla de madera, en una valiente metáfora de la experiencia traumática que atraviesa cualquier asistente medianamente sensible a su cine atroz.
Tercero, lanzando a los protagonistas hacia el esperable recinto cerrado donde serán asediados por hordas de muertos vivientes. El recinto es una capilla, donde se están llevando a cabo experimentos maquiavélicos con muertos. Donde Satanasito ve una inversión lovecraftniana de los símbolos tradicionales de Bien y Mal, con la que se convierte un lugar sagrado en zona impía, yo veo algo narrativamente más arriesgado: al hacer de la iglesia abandonada la parte más peligrosa de toda la isla, zona a la que además los protagonistas se acercan confiados con un sentencioso “Una iglesia, allí estaremos a salvo”, Fulci no está quebrantando leyes morales, sino unas mucho más complicadas de esquivar en el arbitrario mundo de las películas: las leyes de los géneros. En efecto, si en una película de terror no se puede confiar en el poder protector de un lugar sagrado… ¿qué queda? Fulci está rubricando una secuela apócrifa de una película de éxito, empleando a un monstruo cuyo comportamiento y origen se da por supuesto y sabido, acaba de mostrar a un grupo de zombis saliendo ominosamente del suelo de un cementerio, está siguiendo las reglas que todos conocemos, y súbitamente… nada. No hay refugio ni protección. La iglesia es la proverbial guatepeor. Es que es muy fácil dárselas de iconoclasta cuando se cuenta con el apoyo de la tradición.
Pero inténtenlo con los pies colgando en el abismo. Y entonces hablamos.
Hoy hace diez años que murió Lucio Fulci. En Bizácoras se le rinde cumplido y justo homenaje.
Y además: MIL PELICULAS DE TERROR (1/1000): Carnival of Souls
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Entrada publicada el 26 de Octubre de 2005 por John Tones
Les parecerá una tontería profunda, pero a estas alturas de una vida entregada al fanatismo impulsivo y compulsivo hacia el cine de terror y serie B (“b” de bastarda, o de lo que quieran), aún no había visto Carnival of Souls. Se trata de una peliculilla de setenta y pico minutos escasos dirigida por Herk Harvey (su única obra de ficción después de una vida entregada al cortometrajismo educacio/institucio/hiperracional, con más de cuatrocientas entradas en el profuso género) y rodada en tres semanas, con un presupuesto de 30.000 dólares escasos (aunque algunas fuentes rebajan esa cantidad a unos minúsculos 18.000). Se estrenó en 1962 y obtuvo repercusión cero: su consideración actual de película de culto llegó, como pasó con tanta otras de su especie, en los ochenta, con la popularización en Estados Unidos de la televisión por cable y la transformación en adultos alucinados (Joe Dante, John Landis y Robert Zemeckis son los tres titanes en este sentido) de aquellos que habían disfrutado de estos productos cuando eran críos. Que condujeron a su vez a muchos críos (presente) a que perdiéramos la chaveta por culpa del reciclaje cerebral que estos adultos llevaron a cabo en sus creaciones, influídos por…
¡Dispersión, dispersión!
Carnival Of Souls no es otro ejemplo de cine-tan-malo-que-es-bueno y que veo que se disfruta demasiado a menudo con los objetivos adecuados pero con la actitud errada. Pertenece a esa hornada de películas, pero el absoluto aislamiento por el que discurrió su producción y las carreras de sus artífices (añadan a la truncada carrera de Harvey la de la protagonista, Candace Hilligoss, debutante que sólo llegó a participar en algunos anuncios y en otra película, la aún más ignota The Curse of the Living Corpse, de título con inconsciente pareado horrorífico). De hecho, Carnival of Souls es quizás, una de las película que más contundentemente vuelve a su favor la carencia total de presupuesto, medios y experiencia. En vez de subrayar estas características por la vía de lo grotesco (como hace, por ejemplo, la Troma), o de esquivar con más o menos salero deteminadas opciones argumentales (como La Noche de los Muertos Vivientes, quizás la heredera espiritual más clara de Carnival of Souls), la peliculilla de Harvey se tira en plancha a la exhibición del infrapresupuesto, presumiendo de sus carencias como si fueran ventajas. Simplemente, invierte los términos, y a su vez obliga al espectador a replantearse sus prejuicios acerca de los límites entre austeridad narrativa y ahorro extremo. Escuchen la banda sonora, compuesta exclusivamente de cuatro temblorosas notas de organo de iglesia y entenderán a qué me refiero…
Carnival of Souls cuenta la historia de un accidente de tráfico al que sólo sobrevive una mujer. Atrapada en el pueblo cercano al puente en el que tuvo lugar el percance, comienza a sufrir terribles visiones en las que un aterrador espíritu la persigue. Pronto se dará cuenta de, cuidado que espoileo, lo que pasa es que está más muerta que otra cosa, atrapada en una especie de purgatorio del Medio Oeste, y que no tardará en unirse al resto de las almas torturadas que se reunen en un parque de atracciones cercano. He avisado de que espoileaba, pero en realidad es una cuestión que queda clara a los diez minutos de película, sobre todo por la puesta en escena fantasmagórica de Harvey y la bella interpretación medio sonámbula que ofrece Candace Hilligoss. Con los ojos húmedos y ensoñados, los pasos perdidos y la voz reverberada, su condición de espíritu que no acaba de asumir su estado está clara muy pronto, aunque eso no hace perder a la película ni pizca de interés: Candace deambula en un permanente estado de shock muy siilar al de Barbara en La Noche de los Muertos Vivientes, con la diferencia de que éste tiene un componente mágico, carente de terror. El de Barbara será la plasmación física del terror a la enésima potencia; lo de Carnival of Souls es imaginar el Más Allá como un permanecer en la inopia por los siglos de los siglos.
Lo que hace tan especial a Carnival of Souls es todo aquello que impide a los neófitos acercarse a la serie B sin la máscara distanciadora de la ironía: montaje a hachazos, sonido nunca en directo, diálogos e interpretaciones ensimismadísimos, secuencias que no van a ninguna parte (como los personajes), argumento estirado hasta la extenuación (como esas secuencias, como esos personajes, como la vida misma, oigan, que al fin y al cabo no es más que una sucesión de secuencias estiradas innecesariamente �si un guionista decente nos organizara la existencia, moriríamos a los quince años… aunque habríamos vivido mucho más intensamente-). Carnival of Souls, acabáramos, combina con mágica torpeza planos completamente abstractos (el principio: ella saliendo del lago, embarrada y confusa) con otros completamente funcionales, necesarios para que la acción avance de forma insultantemente prosaica (justo después: los lugareños bajando al lago a ayudarla). Es un precedente del cine moderno de zombis �¡los muertos saliendo del agua!-, un asombroso preámbulo del cine de Polanski �agárrense: a veces se asemeja a una especie de Repulsión escrita por un Henry James sordomudo- y una perfecta suma máxima de todas las cosas que nos gustan por los motivos diametralmente opuestos a los que deberían. Pero que, visto lo visto y llegado el momento…
Si tienen curiosidad, Carnival of Souls ha sido editada, como La nohe de los Muertos Vivientes, en múltiples ocasiones, y casi siempre como el culo, debido a las pantanosas condiciones en la que se encuentran los derechos. Si tienen curiosidad, pueden descargarla, sin cargos de conciencia, aquí. Y si les gusta, yo no dudaría ni un momento en hacerme con la edición en DVD de
Criterion, repleta de extras de los que sí merecen la pena.
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