Humor político miserable
Curioso lo de la revista Cracked, ¿no? Nació como un desvergonzado plagio de MAD que supo sobrevivir en el kiosco americano durante casi cincuenta años gracias a que, como ellos mismos reconocían, era la revista que se compraban los chavales que llegaban a la tienda y se encontraban que la MAD se había agotado. Sus logros no fueron desdeñables, y llegaron a tener en plantilla a un prolífico John Severin y, durante seis años, al mismísimo Don Martin después de que este partiera peras con MAD por un quítame allá esos royalties. Pero donde decididamente ha triunfado Cracked ha sido en su encarnación virtual. No sólo es una de las mejores páginas de humor que pueden encontrar ahí fuera, sino que a menudo su equipo de titanes comandado por Jack O’Brien y David Wong reflexiona con bastante acidez y buen tino sobre los resortes del humor.
En este excelente artículo extraído del Focoforo, por ejemplo, llaman a los chistes políticos «la forma más baja de comunicación», y explican por qué el humor editorialista de la prensa norteamericana se ha convertido en una forma de contar chistes panfletaria, ramplona, torpe y poco refinada. Con precisión quirúrgica le sacan los colores a algunos de los más torpes humoristas diarios, y razón no les falta. Desde la obsesión con etiquetarlo todo para que el humor sea perfectamente comprensible hasta por el lector menos capacitado para la observación, un recurso que algunos de nuestros mejores dibujantes satíricos, como Manel Fontdevila saben cultivar con gusto, ironía, y aprovechando los recursos del disparo único, simbólico y rabioso en la cara del lector.

¿Qué extraña inseguridad como artista te lleva a creer que es necesario el cartel de «Persona pudiente»?
No es el único reproche: el artículo se ríe, y pone unos cuantos ejemplos, de los lamentables conocimientos tecnológicos de los abuelos del humor (lo que no les impide, por supuesto, intentar satirizar la fiebre Mac o la adicción a Internet). Desde la barrera, que así nadie se lastima. Y de la abusiva tendencia a ridiculizar de forma infantil a quienes no comparten opiniones con el artista. De la ridícula. excesiva e innecesaria verborrea que se gastan muchos de ellos. Y, sobre todo, y por eso lo reserva para el final, del empleo de niños para expresar opiniones de adultos, un recurso viejo y gastado y que llegó a cierta perfección muy inimitable con Calvin & Hobbes después del camino abierto por Peanuts y Mafalda, pero que sigue siendo habitual de las tiras de prensa, tanto con intención crítica como sin ella. Sin embargo, es un recurso agotado, y como señala Cracked, muy cobarde. Si se tienen opiniones propias de un párvulo, se debe reconocer la propia simpleza, no camuflarla de candor infantil poniendo palabras de adulto en la boca de un niño.


















