Confirmado. 25 de julio de este año.
25 primeros episodios. 750 minutos. (Spin-off incluido)
Ahora digan aquello de “A mí nunca me gustaron del todo”. O el mejor: “A mí es que me cansaban” (a ellos que convirtieron el agotamiento en una forma de dialéctica). Y se cogen sus gafitas y se ponen a ver el puto Polar Express.
Animaniacs eran una experiencia gozosamente agotadora. Nacidos como consecuencia del éxito de los frenéticos Tiny Toons, primera producción de Steven Spielberg para la facción de dibujos animados de Warner Bros., su planteamiento extremaba las intenciones de aquella: si Tiny Toons era un febril homenaje y actualización de los Looney Toons que todos conocemos y amamos, con cada uno de sus personajes replicando a un icono clásico, Animaniacs jugaba a homenajear (como punto de despegue para una multiplicación ética y estética brutalmente exponencial) un espíritu, más que personajes concretos. Por eso, Animaniacs eran infinitamente más abruptos, más abstractos. Se movían mucho y se paraban súbitamente, en monstruosos abismos conceptuales que, lo recuerdo muy bien, hacía que los niños no entendiéramos la mitad de lo que estaba sucediendo en la pantalla, tal era su dinamitamiento de la sintaxis narrativa. Inventaron el silencio frenético. Sus guiños estaban dirigidos a los agujeros negros de la animación americana, a los rincones sin barrer de ese celuloide pintarrajeado a dos tintas, como el oscuro Bosko, al que el aspecto de Yakko, Wakko y Dot remite sin dudas, aunque el aspecto de actor blanco pintado con betún, tan propio del vodevil de principio de siglo, fue metamorfoseado para llegar a una especie de perracos esquizoides y que nadie acusara a la serie de xenofobia icónica. Referencias sexuales explícitas mezcladas con segmentos educativos para niños de teta daban la arritmia imprescindible para una serie gloriosamente extravagante, pero nacida desde todo un señor surtidor de mainstream. Mi concepto favorito de la serie, contado en los créditos, era que los tres hermanos Warner tenían un estilo de humor tan radical para los capitostes de la productora que permanecían encerrados en uno de esos tanques de agua de los estudios de cine, uno con el logo de la WB bien visible. Es una metáfora tan contundente del propio mecanismo creativo de la serie que me fascinaba hasta cuando para mí un mecanismo creativo era darse una paja para inspirarse antes de calcar una portada de Spider-man en una hoja de libreta.
Yo no puedo decir más: cuento los días, y confío en que para julio, ya se habrán aprendido alguna que otra melodía imprescindible.
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