Thursday, August 11th, 2005
Vuelvo a Tener Pesadillas (7)
Todo se termina, ¿eh? Bueno, no se apuren. Quizás hablemos de Freddy Vs. Jason (aunque esencialmente tienen casi todo lo que puedo decir sobre ella aquí y aquí), quizás de algún tebeo que otro, quizás de Las Pesadillas de Freddy. Veremos. Mientras, veamos qué puede ofrecernos La Nueva Pesadilla de Wes Craven, séptima entrega de la serie y, también, la más frustrante y resabiada de todas.
La Nueva Pesadilla resume sus mejores virtudes y sus grandes defectos en su primer minuto: con tres o cuatro primeros planos, Wes Craven rehace los fundacionales títulos de crédito de la primera parte. En un ambiente lóbrego y húmedo vemos unas manos construyendo una zarpa mecánica de uñas afiladas… ¡que se mueve sola! Pero ojito, que el dueño de las manos, acaba… ¡cortándose una para ponerse la mecánica! ¡E inmediatamente después Wes Craven himself grita “Corten”! Guau, ¿eh? Bueno, no tanto: de inmediato vuelve el Craven que algunos aman y yo temo: en sólo un minuto más, planificación ramplona, efectos cutres, cabalgata de sustos chuscos, diálogos oligofrénicos y oh, el colofón, todo era un sueño. Así es La Nueva Pesadilla, una avalancha de ideas que no acaban de llegar, continuos amagos de giros radicales en la serie que no funcionan, y sobre todo, muy curioso para ser una película tan decidida a funcionar como borrón y cuenta nueva en la serie: es la entrega mas autorreferencial de todas. Craven puede cantar misa, pero La Nueva Pesadilla no tiene ningún sentido sin tener bien fresquitas las anteriores entregas. Y a veces, ni aún así. Poco después de esta introducción, uno de los personajes suelta un vacío “Dreams are like that!” que podría servir de slogan para la carátula.
Wes Craven tiene un concepto muy sencillo de “metarreflexión”: amontonar referencias, primeros planos del guión material (el tocho de papel dialogado, vamos) de la película y un montón de actores como themselves. El resultado, lo reconozco, es curioso y moderadamente hormigueante. La verdad es que prefiero la desafiante pedantería de esta entrega a la plomiza mediocridad de la sexta: Heather Langenkamp (Heather Langenkamp) vuelve a tener las pesadillas que le atenazaron mientras rodaba la primera entrega de Elm Street, protagonizadas por un nuevo Freddy, más poderoso y terrorífico. Mientras, su hijo comienza a desquiciarse y Wes Craven (Wes Craven) escribe el guión de una nueva película de la serie. Sugerente, ¿eh? Bueno, no esperen gran cosa (¡es Wes Craven! ¿Recuerdan el tramo final de La Serpiente y el Arco Iris? ¡Dios!), pero hay ideas de considerable poder icónico, muy sugerentes: durante uno de lo terremotos una de las paredes de la casa de Heather se agrieta con la forma de las uñas de Freddy; y cuando ve las uñas marcando el cuerpo de su hijo vomita de inmediato. Craven, a veces, no se molesta en dar explicaciones ni justificar los guiños, y ahí es cuando la película resulta gratificante. Por ejemplo, en un momento dado, Heather se descubre diciéndole a su hijo que tiene que calmarse y dormir, justo lo que ella oyó tantas veces al protagonizar la primera entrega. El juego de espejos más complicado (involuntario, me temo) tiene lugar cuando John Saxon (John Saxon), que daba vida al padre de Nancy en la pesadilla original, repite punto por punto un diálogo de esa película, y es en ese momento cuando Nancy se da cuenta de que sigue estando dentro de una: no puede escapar de la sombra de su personaje. Demasiadas lecturas contradictorias y casuales.
Lo que no resulta casual es la chulería de Craven, que escribe constantes referencias a lo buena que es la primera parte, lo malas que son el resto, y lo
auteur del terror que es él. Sin duda es lo más divertido del peliculón: el niño asustándose hasta un grado cercano al enloquecimiento cuando ve alguna secuencia de la primera entrega (protagonizada por su madre) que, reconozcámoslo, transpira un grado de transgresión visual raramente igualado en el resto de la serie. En esta dirección de prepotencia mal enfocada apunta la mejor idea de la película, y que arranca en un programa de televisión en el que aparece Robert Englund (Robert Englund, en un papel curiosísimo) maquillado como el Freddy clásico, soltando one-liners y filmado desde atrás y a contraluz, lo que le da a la vez un aspecto a la vez inquietante y patético. Más adelante, Craven, haciendo de Craven, explicará que Freddy forma parte de un mal ancestral (sí, así de genérico) que es contenido contado historias sobre él; y que cuando la historia se hace muy familiar, ese mal gana poder. Con un valor digno de mejor meta, Craven desprecia de un plumazo las cinco secuelas en las que no intervino: y egomanía aparte, es una gran y muy peculiar idea. Cuanto peores son las historias, más fuerza malvadisca tiene el icono, lo que sin duda explica el magnetismo de la serie Z, y que algunos prefiramos las lesboidioteces de Jean Rollin al Drácula de Coppola. “Desde un punto de vista narrativo, tiene todo el sentido”, llegan a decir Heather & Wes. Sí, ya, sentido mis cojones.
A pesar del ritmo atrompiconeado, del final del horror con simbología demoniaca de libro de texto (que cuenta, sin embargo, con la mejor frase de la película: Freddy aullándole a Heather “Meet your maker”), a pesar del niño del horror, no puedo evitar cierta simpatía malvada por La Nueva Pesadilla de Wes Craven. Por su chulería, por su ambición completamente fuera de lugar, por sus contradicciones, por sus metáforas de esparto. Y quién me lo iba a decir a mi edad, la culpa sólo puedo echársela a Wes Craven. Reconocido queda.
Vuelvo a tener pesadillas (1)
Vuelvo a tener pesadillas (2)
Vuelvo a tener pesadillas (3)
Vuelvo a tener pesadillas (4)
Vuelvo a tener pesadillas (5)
Vuelvo a tener pesadillas (6)

Hay cosas indisculpables en Pesadilla en Elm Street 6: La Muerte de Freddy. Y que arranque citando a Nietzsche no es la peor. Sin duda, una de ellas es el dubitativo rumbo que toma, siempre en tierra de nadie, siempre a medio camino entre la juerga para adolescentes de la cuarta y el supuesto retorno a los orígenes de la quinta entrega, pero no saltando de un tono a otro, sino creando una especie de mixtura fungosa y desalmada, de eterno desconcierto. Y nada de desconciertos lisérgicos, que quizás son los que buscaban los responsables de la película: desconcierto bobo, inepto. Siempre he creido que lo peor de la sexta parte es esa intención de matar a Freddy, ese mensaje implícito (malamente) y explícito (peormente) de “Esto ya no es lo que era: matemos a Freddy, los fans lo agradecerán”. Cuando, creo yo, los fans habrían agradecido un clon de la cuarta o la quinta entrega (la tercera, me temo, había sido elevada a un podium inalcanzable).
Sin ser un producto redondo, Pesadilla en Elm Street 5 es, quizás, una de las entregas más infravaloradas de la serie. Al fin y al cabo, hasta entonces el resto ofrecían justo lo que se esperaba de ellas, o al menos lo que, con cierta perspectiva, debían ofrecer: la original, revolucionaria y arisca; la secuela, traicionera y aislada; la tercera, reubicada y juvenil; la cuarta, desprejuiciada y autoparódica. La quinta, imponía la lógica, debía ser más excesiva que la cuarta, explotando los dividendos adolescentes que tan buenos frutos había dado au predecesora inmediata, e infantilizando aún más, si cabe (cabe: miren a Chucky) al monstruo que habita en nuestras pesadillas. Pero no. Pesadilla en Elm Street 5 inauguró la tendencia, prometedora pero con resultados poco inspirados, de “recorramos vericuetos argumentales que el espectador no espere” (recuerden las 3D con justificación de la sexta, la pirueta ultraposmoderna de la séptima, el choque de titanes de la última). En este caso, no sé muy bien a qué brilante ejecutivo de New Line se le ocurrió, pero se pensó que volver al tono macabro y pesimista de las dos (en parte, las tres) primeras entregas, hurgando de nuevo en el tema de las defunciones adolescentes, iba a funcionar comercialmente. No lo hizo en demasía, sobre todo porque Freddy ya no podía desembarazarse del todo de los excesos cometidos en la anterior entrega. El resultado, una película sin rumbo definido, pero con detalles de sumo interés. Veamos.
No se me había olvidado esta cita-que-procuraré-que-en-lo-sucesivo-sea-más-frecuente con ustedes, no. Es que Pesadilla en Elm Street 4 es tan descarada e insolntemente buena que da hasta pereza tener que enumerar los porqués. Hasta ahora, la entrega de esta serie sobre la que más he disfrutado escribiendo ha sido la segunda, porque ni a mí me termina de convencer. Indagar en sus espesos pliegues de psicoanálisis teen acabó arrojando frutos muy interesantes, pero al igual que la uno es la original y la tres es la redonda, la cuarta es recordada por los fans de la serie, casi sin excepción, como la más juvenil y cool de todas. Sí, vaya anglicismo más poco, euh, cool, parece que me estoy intentando hacer el enrollado con mi hijo. Pero es que no hay palabra más adecuada para definir la cuarta entrega de Pesadilla en Elm Street que cool. También sirven hipermacarra y sicalíptica, pero por una vez ajustémonos al tópico.
Pesadilla en Elm Street 3 supuso un nuevo cambio de rumbo estético y temático para la serie, y en cierto sentido es la primra entrega de la saga tal y como la conocemos hoy. Después de
La segunda parte de Pesadilla en Elm Street está unánimemente considerada como la peor entrega de la serie. Por una vez, coincido con los fans: es cierto. Y eso que Jack Sholder, su director, es uno de los grandes misterios del fantástico de las últimas décadas: condenado ahora a filmar encargos más o menos lamentables (Arachnid, la secuela de Wishmaster), es responsable de una de las mejores películas de terror y ciencia ficción de los ochenta, Hidden. Cierto pulso y cierta tendencia a macabrizar los elementos más cotidianos de la vida adolescente si que se le nota en la primera secuela de las aventuras de Freddy, pero al final, significativamente, tanto que pedimos innovacion y originalidad en las secuelas, y resulta que la única película que intenta distanciarse agresivamente del canon freddyniano es la que menos nos gusta.
Hace tiempo que tengo el cofre con la serie entera de Pesadilla en Elm Street, gracias a un momento de enajenación que no le recomiendo a nadie, y sistemáticamente, a mi ritmo (que es un ritmo my pausado, ya no me pego esos atracones de tres películas en una tarde), me las estoy volviendo a ver. Estoy recordando, con cierto escalofrío placentero, por qué tuve una adolescencia completamente marcada por la serie. En muchos casos han perdido algo de la capacidad original de sorpresa, pero siempre, hasta en los peores casos, me hacen reir y gritar como la primera vez. Soy fan, siempre lo he sido, pero he tenido que volver a ver la serie, en visionado correlativo y con las condiciones de audio y vídeo óptimas para, por primera vez, abandonar complejos de pajero zumbado, y sentirme completamente orgulloso de ser un freddy-zombie comme il-faut. Intentaré, en sucesivos posts, desvelar mis impresiones sobre cada una de las entregas de la serie, algo que a ustedes les da igual pero a mí no, y seguro que entre todos llegamos a alguna conclusión.











