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Vuelvo a tener pesadillas (inciso)

Entrada publicada el 1 de Diciembre de 2004 por John Tones

Ahora que en nuestro repaso a la saga de Elm Street (aquí, aquí y aquí, de momento) hemos llegado al punto en el que Freddy pasó de minimito del teen-horror a auténtico icono pop, es el momento perfecto para echar un vistazo a esta ridículamente gloriosa galería de merchandising relacionado con Freddy Krueger. Me enorgullezco de tener lo más fácil: el guante (que aquí se vendía por correo a través de la primera encarnación de Fantastic Magazine, cuando se llamaba Freddy Magazine… ya hablaremos de eso) y el videojuego de NES, y de haber jugado al pinball (que TENDRÉ en algún momento de mi vida). Y hay ítems que lamento descubrir ahora, como ese juego de tablero de llamativa caja, o el impresionante yo-yo de Freddy. Aunque seguro que lo que más les ha llamado la atención es el disco de Freddy’s Greatest Hits. Acompañado del Elm Street Group (podían haberla llamado la Elm-Street Band, para redondear el chistecico), Freddy se marcaba unos cuantos covers escalofriantes, en clave de tecnopop blando, pero siempre con esos punteos heavys absurdos tan de los ochenta. Crispar, crispa un rato largo, porque Freddy está sampleado en todas y cada una de las canciones descojonándose y soltando one-liners, pero cosas como las escalofriantes baladas que parecen como de Ozzy Osbourne o las versiones de All you have to do is dream o Woolly Bully ya compensan la escucha.

Ah, que no lo tienen. No se preocupen, que el Tío Tones lo pone todo a disposición de sus lectores. Los chavalotes de X-Entertainment también, así que agradézcanselo a ellos. Pinchen AQUI y preparen la cafetera.

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Vuelvo a tener pesadillas (3)

Entrada publicada el 25 de Noviembre de 2004 por John Tones

Pesadilla en Elm Street 3 supuso un nuevo cambio de rumbo estético y temático para la serie, y en cierto sentido es la primra entrega de la saga tal y como la conocemos hoy. Después de los titubeantes inicios en la penumbra del porche de Nancy y algún paso en falso de turbadoras sugerencias oníricas, la serie se convierte en la idea que tenemos hoy de ella: un festival de efectos especiales, una orgía de látex y gore para adolescentes y una leccion magistral acerca de cómo convertir al villano de una película de terror en un icono pop.

Para muchos fans es la mejor secuela de la serie, y razones no faltan: los sueños se convierten por primera vez en realidades tangibles, de clara inspiración surrealista (esa serpiente �de nuevo de inequívocos tintes freudianos cuando se traga a su víctima-, esos colores hiperalimentados, esos muros que se desvanecen), y todos los esfuerzos de producción se orientan a convertir las secuencias oníricas en festivales de Sucesión de Impactos, y a Freddy en un ser cada vez menos terrorífico, pero también, cada vez, más imprevisible. Que Freddy diera más miedo era imposible desde el mismo momento en el que se filmó la primera secuela, así que se optó por potenciar el talante todopoderoso de Krueger dentro del mundo de los sueños. Cambia de forma, es omnipresente hasta un extremo metafísico (las pesadillas ya no son sólo un lugar donde habita el monstruo: a partir de aquí, las pesadillas son ÉL, y por primera vez, efectos y diseño de producción juegan con esa idea) y se multiplican los one-liners y chistecillos puntuando las muertes (la serie era aún joven e innovadora, con lo que el componente sádico del humor era infinitamente más agresivo que el de las últimas entregas).

Pesadilla en Elm Street 3 tiene algo de lo que pueden presumir pocas películas de teen horror: el espectador llega a preocuparse por los personajes y por lo que pueda pasarles. El motivo está en el ambiente trágico y ominoso que respira la película, y eso se debe a que por una vez, los protagonistas no son despreocupados campistas o miembros de un barrio residencial, sino jóvenes habitantes de Springwood con severos desequilibrios psicológicos debido a la falta de sueño. En efecto, no se atreven a dormir por miedo a Freddy, y el café + el pánico + la presión de los adultos comienza a pasar factura en sus enclenques sistemas nerviosos. Una vez en el hospital psiquiátrico, conocen a Nancy (de nuevo Heather Langenkamp), que les orienta en su lucha contra Freddy y les ayuda a controlar sus sueños.

El control de los sueños, los sueños lúcidos, buf… menudo tema. Todas las películas de Pesadilla en Elm Street entran, de un modo u otro, en esta materia, pero es en esta en la que se hace una aproximación más inequívocamente juvenil a la cuestión: cuando están dentro de los sueños, los jóvenes adquieren poderes que les ayudan a enfrentarse a Freddy. Superfuerza, agilidad, poderes mágicos, cada cual con habilidades distintivas y que, en cierto sentido, se complementan u oponen a sus peculiaridades durnte la vigilia. ¿Les suena? Por supuesto: el grupo se convierte en una especie de X-Men oníricos que demuestran que Chuck Russell se tiene muy bien aprendida la lección sobre la auténtica esencia de los superhéroes Marvel en general y de los mutantes en particular: gente convencional que se topa sin quererlo con unas habilidades sobrehumanas que les sitúan a un nivel cósmico. Y de estos heredan también esa melancolía que no se pueden sacudir de encima, y que hace de Pesadilla en Elm Street 3 una película inusualmente amarga, de ritmo enfebrecido en sus secuencias terroríficas, pero también, muy tristona en el resto, que se aproxima de manera singular al escabroso mundo de los suicidios adolescentes. A lo largo de la película, los adolescentes tienen que convencer a los adultos que les rodean de que hay alguien amenazándolos, pero Freddy se encarga de eliminarlos de manera que parezcan suicidios: rebanándoles las venas, lanzándolos desde lo alto de una torre…

Quizás la entrega más equilibrada, y poseedora también de algunas de las pesadillas más memorables y de los mejores insultos (“Welcome to Prime time, bitch!”), Pesadilla en Elm Street 3 es pieza básica del horror juvenil de los ochenta, y no sólo porque comience a tantear en los orígenes del mito (fruto del embarazo de una desprevenida monja, violada por cien maniacos), sino también porque hurga, con enfermiza curiosidad, en la viscosa esencia que conforma las pesadillas.

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Vuelvo a tener pesadillas (2)

Entrada publicada el 8 de Octubre de 2004 por John Tones

La segunda parte de Pesadilla en Elm Street está unánimemente considerada como la peor entrega de la serie. Por una vez, coincido con los fans: es cierto. Y eso que Jack Sholder, su director, es uno de los grandes misterios del fantástico de las últimas décadas: condenado ahora a filmar encargos más o menos lamentables (Arachnid, la secuela de Wishmaster), es responsable de una de las mejores películas de terror y ciencia ficción de los ochenta, Hidden. Cierto pulso y cierta tendencia a macabrizar los elementos más cotidianos de la vida adolescente si que se le nota en la primera secuela de las aventuras de Freddy, pero al final, significativamente, tanto que pedimos innovacion y originalidad en las secuelas, y resulta que la única película que intenta distanciarse agresivamente del canon freddyniano es la que menos nos gusta.

El problema está en que Sholder y su guionista David Shaskin confunden a Freddy con un fantasma cualquiera, con un generador de poltergeists que lo aleja momentáneamente de su faceta de comeniños. Y así, muchas de las manifestaciones de Freddy van acompañadas de un tipo de efectos que aburren soberanamente: muebles que se mueven, objetos que se incendian (aquí, en interesante variación del tópico lo que se incendia es un periquito vivo), puertas que se cierran solas, ruidos de procedencia desconocida… Sholder y Shaskin no respetan lo más fascinante de la primera entrega: las reglas autoimpuestas como mecanismo de limitación de las pesadillas. Y se inventan una trama en la que el nuevo habitante de la casa de Nancy, Jesse (Mark Patton) es poseído por Freddy para cometer nuevas tropelías. El elemento mejor definido de la serie (las pesadillas como un lugar de terror infinito, sin reglas coherentes) se pierde para dejar paso a una trama mucho más tópica: la de las pesadillas como portal para que un mal insondable invada nuestro mundo. La secuencia en la que Freddy sale del cuerpo de Jesse y ataca a un grupo de adolescentes completamente despiertos es recordada con justicia como la más penosa de toda la saga, por cargarse de un plumazo las abundantes y tenebrosas ideas de su predecesora.

Sin embargo, la película parece no ser capaz de desligarse del todo del componente onírico que empapa toda la serie, y hay apuntes, brillantes ideas, imágenes inquietantes que, si bien no directamente relacionadas con Freddy, sí dan cierto aire simbólico, de pura pesadilla, a esta entrega. Empezando por la fascinante escena, siempre olvidada, de los dos perros con cabezas humanas que custodian la entrada a la fábrica abandonada donde murió Freddy. Y siguiendo con la increíble interpretacion de Mark Patton como Jesse, quizás el personaje de toda la serie que más ha acusado el cansancio al que se ven sometidos los adolescentes de Springwood que no se atreven a penetrar en el inseguro mundo de los sueños. Irritable, tenso, obsesionado, sudoroso, su interpretación lleva al límite el agotamiento físico y mental de la amenaza constante de Freddy. Finalmente, tenemos el curioso y no del todo comprensible simbolismo gay que rodea al protagonista. Acosado por un entrenador de tendencias sadomaso que recibe un salvaje castigo en las duchas del instituto, Jesse cada vez está más agobiado por una identidad sexual que no está clara: Freddy sale a la luz cuando él y su novia están a punto de hacr gimnasia horizontal, y hay continuos embites de sus depilados y fornidos compañeros de equipo (Jesse tiene que soportar los insultos, con cierto tono lúbrico, de uno de ellos) y, en fin, alusiones acerca de la virilidad de Jesse y embarazosas conversaciones familiares que sugieren algo pero que no llegan a ninguna parte. Freddy habita, por primera vez, en el subconsciente del protagonista (todo el sueño de las duchas y el entrenador, que comienza con un paseo por un club gay, lo deja tan claro como la obvia carátula de la película, donde es el protagonista el que empuña en su propio reflejo el guante afilado del monstruo), una idea fascinante y sobre la que volverá la serie con desigual fortuna, que podía haber hecho de esta seguda entrega una apetitosa versión adolescente de Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Por desgracia, y una vez tirada al retrete la posibilidad de filmar una continuación convencional de la primera Pesadilla…, Sholder tampoco se atreve a exprimir al máximo los elementos más inquietantes del guión. Penita.

(Pueden leer mis impresiones sobre la primera entrega de Pesadilla en Elm Street aquí)

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Vuelvo a tener pesadillas (1)

Entrada publicada el 13 de Septiembre de 2004 por John Tones

Hace tiempo que tengo el cofre con la serie entera de Pesadilla en Elm Street, gracias a un momento de enajenación que no le recomiendo a nadie, y sistemáticamente, a mi ritmo (que es un ritmo my pausado, ya no me pego esos atracones de tres películas en una tarde), me las estoy volviendo a ver. Estoy recordando, con cierto escalofrío placentero, por qué tuve una adolescencia completamente marcada por la serie. En muchos casos han perdido algo de la capacidad original de sorpresa, pero siempre, hasta en los peores casos, me hacen reir y gritar como la primera vez. Soy fan, siempre lo he sido, pero he tenido que volver a ver la serie, en visionado correlativo y con las condiciones de audio y vídeo óptimas para, por primera vez, abandonar complejos de pajero zumbado, y sentirme completamente orgulloso de ser un freddy-zombie comme il-faut. Intentaré, en sucesivos posts, desvelar mis impresiones sobre cada una de las entregas de la serie, algo que a ustedes les da igual pero a mí no, y seguro que entre todos llegamos a alguna conclusión.

La primera entrega es, cómo no, y debido a su muy bien ganada condición de clásico moderno, una de las más difíciles de juzgar. Me sigue fascinando, por encima de todo, que Wes Craven (un cineasta que siempre me ha parecido muy irregular, pero también un tío muy, muy listo) diseñó a Fred Krueger con un tono curiosamente fundacional, como sabiendo que ahí estaba el germen de un personaje con continuidad. No hay más que ver la secuencia de créditos, con Krueger construyéndose las famosas uñas. O la vestimenta perfectamente definida -el sombrero y el jersey de rayas que ya comienzan a extenderse por todas las secuencias oníricas como un virus corrupto, como en el pasmo final, en el que al descapotable de Nancy y compañía les aparece un techo con los mismos colores que el jersey del asesino-. O la propia interpretación de Robert Englund, con esa manera tan rara de mover las piernas, como si tuviera cuatro testículos, todo está grabando en piedra unas características muy definidas. A diferencia de la serie de Viernes 13, que tardó un puñado de entregas en encontrar una estética definida para el asesino, Freddy es como es y lo que es desde el mismo arranque de la serie. No ha necesitado cambiar, a grandes rasgos, en ocho películas, porque su diseño es perfecto. El mismo nombre, a diferencia de “Jason Voorhes”, es inolvidable, un prodigio de musicalidad jevimetalosa.

También resulta asombrosa la tendencia al efecto especial espectacular que se impone en cada uno de los asesinatos, y que como no podía ser de otro modo, se iría acentundo con cada entrega hasta llegar a un punto completamente paroxístico en la cuarta entrega. En esta ocasión, sorprende que con sólo un millón de dólares pudieran filmarse cosas tan salvajes y espectaculares como el asesinato de Tina, una especie de versión ciega de speed de una secuencia muy similar de Poltergeist, o la muerte del personaje de Johnny Depp, con ese interminable chorro de sangre dejando la habitación hecha un cristo (“¿Ha llegado el forense?”“Está en el baño, vomitando”, comentará la policía más tarde). En ambos casos se adivinan unas técnicas de efectos especiales rudimentarias y contundentes. Otros tiempos.

Todo esto son perogrulladas. Lo que me sigue pareciendo admirable de esta primera entrega (aparte del mensaje, tantas veces comentado por aquí, ese fascinante y muy cierto “Pagarás TÚ los pecados de tus padres”, y de, por descontado, la pegajosa atmósfera que recrea con pasmosa fidelidad la textura de las pesadillas �hasta tal puto que, cuando yo tengo alguna, mi cerebro elabora un miniplagio interactivo de la serie) es la tendencia a autoimponerse reglas �algo de lo que ya hablamos en referencia a Temblores-, y sobre todo, cómo eso condiciona la narrativa de la película. Es decir, Pesadilla en Elm Street inventa cómo narrar una pesadilla y cómo crear ese ambiente de onirismo constante (que se contagian a las secuencias en las que los personajes están, digamos, despiertos), y el resultado es tan bueno que no puede evitar inspirar al resto de la serie �llegando a niveles ya directamente metafísicos con la cuarta entrega-. Por ejemplo, recuerden las secuencias en las que un personaje da una cabezada y, sin cambiar de plano, el peso de su propia cabeza le despierta, y abre los ojos. Da un sorbito de café, o se restriega los ojos, o revisa el despertador, o da un paseíto. Y entonces, descubrimos si está despierto o sigue dormido. O bien no lo descubrimos y nos quedamos con la duda hasta que el guionista decide que podemos averiguarlo. Este meter sueño y vigilia en la misma dimensión gracias a no cambiar de plano (si lo hicieran, si la secuencia se montara en dos planos distintos, sabríamos de inmediato que hemos pasado de vigilia a sueño) es cine fantástico en estado puro, de ese que subvierte no sólo lo que es real y lo que no, que eso lo hace cualquiera, sino también las apolilladas reglas de la gramática fílmica. Todo un logro.

Y luego está la boca de Heather Langenkamp, claro. Pero ahí sí que no puedo añadir nada que no hayan soñado ustedes. Húmedamente.

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